El control de nuestro placer estará en un mando a distancia

Cuando James Olds y Peter Milner estaban experimentando con ratones en 1954 hicieron un hallazgo que no esperaban al estimular el área septal del cerebro. La sensación, según estos dos investigadores, era parecida a la de un orgasmo y lo único que necesitaban era pulsar un botón para lanzar una corriente eléctrica y producirle placer al animal.
Hasta aquí algo normal: habían logrado dar con una forma científica y precisa de producir placer sexual a un ratón sin necesidad de que hubiera algún tipo de actividad física que lo produjera. Lo impresionante fue cuando a los ratones se les permitía elegir entre comer y recibir el estímulo: preferían recibir placer y morir de hambre.
Saltamos en el tiempo para dirigirinos al año 2008 cuando Mortel L. Kringelbach y su equipo de investigadores presentaron un artículo académico titulado como “Translational principles of deep brain stimulation”. Un trabajo en que se estimulaba la corteza orbitofrontal de un paciente para estimular la zona del cerebro donde se encuentra el placer sexual o el de comer.
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En rojo, la corteza orbitofrontal. En azul, el área septal.
En palabras de Kringelbach, en diez años podríamos tener implantes cerebrales que nos permitan tener placer sexual sin necesidad de tener relaciones o recurrir a otras técnicas de estimulación. Suena bien, un chip instalado en nuestro cerebro que nos permite gozar en cualquier momento y con solo pulsar un botón. Fácil y sencillo.
Sin embargo, este tipo de tecnología entraña muchos problemas y dudas por resolver. Resulta imposible no acordarse de un experimento del año 1986 donde a una mujer se le implementó un chip parecido en el cerebro para poder auto estimularse al momento de forma sencilla y directa.
Los resultados obtenidos de este estudio demostraron que los hábitos del sujeto cambiaron hasta el punto de que prefería estar todo el día dándose placer a realizar otras actividades del día a día. Eso sí, sirvió para cumplir el objetivo principal de esta investigación: aliviar el dolor postoperatorio que sufría la paciente. A continuación un fragmento del trabajo y algunas de las conclusiones as las que llegaron:
Al poco de introducir el electrodo nVPL, el paciente notó que la estimulación también producía sensaciones eróticas. Esta respuesta placentera fue en aumento por una estimulación continua al 75% de la amplitud máxima, aumentando frecuentemente por pequeñas dosis a máxima amplitud. Aunque se producía una excitación sexual, no se producían orgasmos durante el estudio al incrementar la intensidad de la estimulación. A pesar de varios episodios de taquicardias paroxiales atriales y el desarrollo de comportamiento adversos y síntomas neurológicos durante las situaciones de máxima estimulación, desarrollándose un uso compulsivo del sistema desarrollado.
¿Por qué la utilización de esta tecnología puede ser problemática? Muy sencillo: nuestra naturaleza. A veces olvidamos que nuestro cuerpo está diseñado de una forma en particular y que ciertos aspectos como, por ejemplo, limitar el placer sexual a momentos muy determinados (el coito). ¿Estamos preparados para poder tener placer sexual de forma tan inmediata, precisa y satisfactoria? Vistos los resultados de este estudio, queda claro que no es sencillo.

El estudio de 1986 nos enseña que puede ser problemático para una persona volver a un ritmo normal de vida tras probarlo de forma intensiva. Probablemente dentro de unos años estos chips sean una realidad pero no serán tan fáciles de comprar como otros dispositivos tecnológicos que usamos a diarios. Quizá su uso, como vimos en 2008, se limite a circunstancias muy puntuales como por ejemplo tratar a pacientes con dolores de todo tipo. Aún así, Kringelbach no pierde la esperanza y cree que dentro de poco estarán disponibles. Ya lo veremos.

por J.C. Gonzalez

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